Canarias

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María Carretero o el nombre del mundo

María Carretero es osada. Lo que significa que es pura. Para ella, el Edén acaba de ser creado y su marido tiene una cicatriz en el costado.

No existen otras referencias que ellos mismos y el paisaje exterior. Tienen, tiene, en sus manos, todo un universo, iluminado por el primer rayo de sol, perpetuo, de la mañana, para intentar comprenderlo y expresarlo. Para superarlo. Para ponerse en el lugar del Creador e iniciar una sutil, solapada, rebelión de ángeles a través de otra creación, independiente de la primera y tan necesaria como ella. De ahí que las referencias en su obra se basen en la propia obra o en la naturaleza misma que, lo sabemos, es lo único perenne y obligado a sobrevivirnos. Por eso no hay referencias a otros escultores, a otros artistas y ahí radica la fuerza y la razón de sus piezas, la perplejidad que producen al encontrarlas en la soledad rumorosa de un jardín (todo jardín es un remedo, y una nostalgia, de aquel vergel primero).

Nos encontramos entonces en la tesitura que describió magistralmente Giorgio de Chirico en una carta de 1913 que, por oportuna, bien podría hacer suya María: “Para ser verdaderamente inmortal, una obra de arte ha de exceder de todos los límites humanos: la lógica y el buen sentido no hacen más que molestar. Una vez derribadas estas barreras, penetramos en las visiones de la infancia y el sueño. De la porción más recóndita de su ser, el artista ha de extraer profundas profesiones de fe; ni el murmullo de los torrentes, ni el canto de los pájaros, ni el murmullo del follaje, habrán de distraerle. Lo que oigo nada vale; sólo tiene vida lo que veo; y con los ojos cerrados, mi visión es más poderosa. Es de importancia capital librar al arte de todo lo que contenía de materiales reconocibles; temas familiares, ideas tradicionales, símbolos populares: todo debe ser destruido.

Más importante aún es una fe inmensa en nosotros mismos, y es esencial que la revelación que recibimos, la concepción de una imagen que encierra algo que ni tiene sentido en sí, ni un tema, que nada significa lógicamente; es esencial que hablen en nosotros violentamente, y que evoquen una alegría o agonía tales, que nos veamos forzados a pintar, por un estímulo más fuerte todavía que el hambre que impulsa a devorar un pedazo de pan como una fiera”.

María Carretero titula cada una de sus esculturas como si fueran poemas, y lo hacen porque lo son. Sus figuras, tan contundentes como evocadoras de ausencias, que dicen tanto como callan, son universales porque de nada dependen, y su libertad creadora es lo bastante ambiciosa, lo suficientemente depurada, para permitir que se conviertan en objetos platónicos que evocan el universo sin dar nombre al mundo. La realidad es múltiple e incomprensible. Cerremos, como Giorgio de Chirico, los ojos: entonces, la blancura de la oscuridad nos desvelará por un instante eterno y fugitivo, el nombre del mundo. Y el sonido de ese nombre tiene la forma de las esculturas de María Carretero. Amén.

Mario Virgilio Montañez

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